días de periodismo

La Lucía de la Cruz que conocí

Lucía de la Cruz era muy joven cuando la conocí a mediados de los 60. Yo, en esa época, era ya el responsable de la página de espectáculos de La Prensa y siempre la consideré como la intérprete de música criolla que cantaba con mejor dicción. Cuando uno escucha sus grabaciones, entiende perfectamente la letra de los valses, porque pronuncia las palabras con mucha nitidez. Además, podía cantar otros géneros musicales, con la misma propiedad y creo que, bien guiada, hubiese podido conquistar un cartel internacional. Recuerdo haberla escuchado cantar muy bien una balada a dúo con César Altamirano, en la inauguración del chifa Yut Kung.

Lucía es una mujer que ha sufrido bastante. Provenía de un hogar muy modesto y, si la memoria no me falla, creo que me contó alguna vez que su padre era pescador en Chorrillos. Recuerdo también que, cuando luchaba por consagrarse, un accidente automovilístico le causó la rotura de la mandíbula inferior y lo que ella padeció pensando que no volvería a hablar con naturalidad y menos cantar, que sus sueños de ser artista se desvanecían. Sin embargo, gracias a Dios y a la paciencia con que ella enfrentó el problema, la mandíbula soldó bien y los problemas que ella temía no se presentaron.

Para anunciar su reaparición, Lucía de la Cruz convocó una conferencia de prensa en un local que, creo, se llamaba “La Choza Andina” y que me parece estaba en Barranco. Desgraciadamente, mis colegas no respondieron a su llamado. La acompañé un buen rato esperando que algún otro periodista llegara y fue en vano. Pero ella, aunque se sintió decepcionada y apenada, siguió adelante con su plan para recuperar el terreno que había perdido a causa de la larga rehabilitación. Y me alegró que después comenzara a ganar festivales de la canción que se organizaban en diferentes localidades de nuestro país.

Estuvimos en el Festival de Sullana, ella defendiendo un vals y yo como miembro del Jurado. En aquella oportunidad, con su esposo tusan, hijo de chinos, fuímos invitados a almorzar en casa de una familia amiga de ella. Conservo, pero no sé dónde, la foto que nos tomamos en la calle con todos los miembros de la simpática familia piurana. Con mi paisano, Lucía tuvo un hijo al que bautizaron Mao. Desgraciadamente, un día una bala perdida mató a su marido en una calle. Enviudó siendo tan joven y con un hijo. Pero siguió trabajando y salió adelante.

Pasaron los años y un 24 de noviembre de 1973, Lucía de la Cruz se volvió a casar. Después, no sé el porqué pero el contacto que teníamos se perdió. Sin embargo, una noche, nos reencontramos en Chincha. Yo había sido invitado a integrar el Jurado que eligiría a “Miss Verano Negro” y, como el evento iba a comenzar, apenas llegamos a intercambiar saludos. Ahora que recuerdo, Teófilo Cubillas fue también otro de los integrantes del Jurado. Creo que aquella vez fue la última vez que conversamos. Hace unos meses la escuché cantar en el Teatro Peruano Japonés, en un homenaje a “Los Morunos”. Sigue haciéndolo bien.

Ahora sé de ella a través de la televisión y, como ahora los programas de espectáculos se dedican provocar escándalos, enfrentando a compañeras del arte,  me sorprendió ingratamente escucharla hablar con un lenguaje violento y grosero. Comprendo que la vida no ha sido nada amable con ella, todo lo contrario, pero eso no justifica que haya dejado de ser la Lucía de la Cruz  que conocí a mediados de los años 60 y de la que, aunque no nos reunimos hace muchos años, sigo considerándome amigo.

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