días de periodismo

En busca de un avión

La mañana del viernes 24 de agosto de 1962 se perdió un avión DC-3 de la Compañía de Aviación Faucett en la Selva Central y al día siguiente el jefe de los reporteros gráficos de “La Prensa” ,Jesús Scollo, y yo estábamos en la región selvática de San Ramón, en busca no solo de la noticia sino también para colaborar en la difícil tarea de ubicar una nave aérea que había sido tragada por la exuberante y frondosa vegetación. Nosotros, así como los colegas Héctor Arellano Agurto y el fotógrafo Víctor Medina, de “Expreso”, y Pedro “Pato” Valdivieso” de “El Comercio”, subíamos a uno de los siete aviones que, juntamente con un helicóptero, sobrevolaban diariamente la zona ubicada entre Escozacín y San Ramón.

La nave aérea se había perdido precisamente tras haber partido a las 9.50 a.m. de Escozacín con rumbo a San Ramón, con tres tripulantes y cuatro pasajeros – empleados de la Cerro de Pasco Corporation- en un vuelo que no debió durar más de una hora. Recuerdo que antes de iniciar nuestro primer vuelo de búsqueda, el piloto nos ofreció bolsas por si, de tanto mirar hacia abajo, nos daban ganas de vomitar. Yo pensé que no iba a necesitarla pero, poco tiempo después, estaba pidiendo desesperadamente una. Realmente, estar con la cara pegada a la ventanilla del avión, tratando de detectar algún brillo en medio de tanta vegetación, uno se marea. Los aparatos “peinaron” un área de 825 millas cuadradas sin que se lograra un resultado positivo.
El domingo 26 la búsqueda continuó con vuelos también sobre los cerros Raya Quebrada y Loma Linda, porque vecinos de dichos lugares habían declarado a la Guardia Civil que escucharon la mañana del viernes 24 el ruido de un avión. Sin embargo, en el trascurso de la mañana llegó la información de que el bimotor Faucett había sido visto en una montaña conocida como Seseta y Dos, que está ubicado en el norte de la Colonia Cacazú y que forma parte de la cadena llamada San Matías. El general (r) Armando Revoredo, Jefe de Operaciones de Faucett, dijo que de confirmarse esta versión partiría de inmediato una expedición terrestre. Hasta entonces se gastaban unos 200 mil soles diarios por mantener en el aire los siete aviones que participaban en la búsqueda.
A las 12,50 p.m. del lunes 27 el capitán Pablo Murillo (piloto) y el capitán FAP Carlos Costa, que tripulaban el avión Satco 307, descubrieron al DC.3 de Faucett clavado de nariz y prácticamente destrozado en la colina denominada Siete Mil, que está ubicada cerca del río Urubamba. Poco antes, cinco aviones habían sobrevolado la zona sin verlo. Como el sitio donde cayó el avión es abrupto y cubierto por una espesa vegetación, no existía ningún claro donde pudiese aterrizar el helicóptero; por lo tanto inmediatamente partió una expedición formada por miembros de la Guardia Civil, los periodistas y dos indígenas campas que voluntariamente se ofrecieron a  servir de guías y que abrían paso a golpe de machete.
Caminamos bastante y,  como me había dado cuenta de que mis zapatos no me iban a durar; tuve la buena idea de comprarme antes unos “chancabuques”, no me acuerdo si en La Merced o San Ramón, que respondieron bien. Mientras íbamos por la selva, nos topamos con una especie de restaurante en el que almorzamos. Era malísima la comida, pero no teníamos otra opción. La única vez que almorzamos algo delicioso fue cuando la dueña de una hacienda nos preparó un estofado de pollo. Recuerdo también que un nikkei nos recibió en su casa, nos invitó unas cervezas y dejó que descansáramos un poco.
El lugar más cercano al escenario donde se hallaba el avión siniestrado y al que pudimos llegar estaba a unos 200 metros de distancia. El sitio era,realmente, inaccesible. Por eso, para poder rescatar los cuerpos de los ocupantes del Faucett, los miembros de la Fuerza Aérea del Perú tuvieron que utilizar una huincha para bajar del helicóptero, colocar los cadáveres en bolsas de jebe, subirlos y dejarlos en una hacienda, cuya dueña lamentaba que los colocaran en el lugar donde secaba el café. La tarea fue larga y tediosa. Como el helicóptero no podía llevar a todos los periodistas hasta el lugar del desastre, hubo un sorteo y resultó elegido Arellano quien tuvo que cargar las cámaras de todos sus colegas y tomar las fotos.
Lo que sorprendió a todos los que participábamos en el rescate es que,finalmente, resultaron ser nueve las víctimas y no los siete como originalmente se creía. De la hacienda los cadáveres fueron trasladados a San Ramón y, como había poca movilidad, hice el mencionado trayecto acostado sobre dos ataúdes de los que emanaba el olor peculiar que despiden los cuerpos en descomposición. Pero…qué iba a hacer. Al día siguiente, como había viajado rebotando sobre los ataúdes, a causa del mal estado de la carretera, descubrí que tenía los codos y las rodillas amoratadas. Teníamos las fotos y la información, pero la hora había avanzado, no había vuelos para Lima y fue entonces que los periodistas decidimos contratar un taxi y viajar a Lima.
Les contaré que iba sentado adelante, al costado del chofer, y mirándole los ojos porque hubo un momento en que casi chocamos con un camión que llevaba ladrillos. Cada vez que cerraba los ojos, yo le pegaba un codazo. Así llegamos a La Oroya y cada uno trató de comunicarse con su respectivo medio, para pedir que íbamos a llegar pasada la una de la madrugada y que retuvieran a los laboratoristas, porque teníamos las fotos de la tragedia. En aquella época, la central telefónica de La Oroya funcionaba con un aparatito al que había que hacer girar una manivela y cuando el operador de la misma me indicaba que hablara, José Mujica Málaga no me escuchaba bien en la redacción de “La Prensa”. Esa noche solté todas las groserías que conocía.
Y llegamos Lima, si mal no recuerdo, eran pasadas la una y media de la madrugada, cuando abrí la puerta de redacción y Pedro Felipe Cortázar se rió de mi aspecto, tras haber pasado una semana en la selva. “Escribe rápidamente seis carillas, que es el espacio que te hemos reservado”. Hizo que me ubicara en uno de los escritorios de adelante y cada vez que estaba por terminar una carilla, me la arrancaba de la máquina de escribir y la enviaba a talleres. Ese sábado 1 de setiembre de 1962, los lectores se sorprendieron porque circuló “La Prensa” con dos primeras planas diferentes. Cuando en la mañana de ese mismo día me topé con el diagramador “Perico” Rodó en la redacción, me dijo: “Qué desgraciados, acabas de entrar a trabajar, no tienes ni seguro y te mandaron a la selva”.
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                            Los periodistas Héctor Arellano Agurto (adelante con gorro) y Alfredo Kato (con lentes) ayudan a trasladar ataúdes con cuerpos de víctimas del accidente. En la foto de la parte superior aparecen Pedro Valdivieso, Alfredo Kato, Víctor Medina y Héctor Arellano.
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